Carlos Alberto Cardona O.
Qué hace un consultor en insolvencia y qué no puede hacer
No soy abogado, y eso también es importante que usted lo sepa desde el principio.
Lo que yo hago es la lectura financiera, comercial y estratégica de su empresa: entender si hay negocio que salvar, y si lo hay, cómo. Esa lectura es la que decide si usted necesita un proceso legal o no lo necesita.
No vendo tranquilidad. La construyo.
Discreción y reserva. Lo que me cuente se trata con reserva, y eso importa cuando un rumor de crisis basta para que un banco recorte un cupo.
Diagnóstico honesto. Le digo si su empresa tiene salvación antes de cobrarle, incluso cuando la respuesta no es la que esperaba oír. Preferir la respuesta cómoda es lo que cuesta los meses que más valían.
Acompañamiento continuo. Sigo siendo su interlocutor durante todo el camino, también cuando la parte jurídica la lleva un abogado. No entrego un informe y desaparezco.
2015. El año en que me tocó a mí.
Empresario desde 1990. Acompaño procesos de insolvencia desde 2015, empezando por el mío.
Durante treinta años dirigí Disantafé, una comercializadora de calzado de grandes marcas que llegó a tener cerca de cien empleados directos. A inicios de los 2000 era la mayor comercializadora de calzado del país.
NIT 860 074 669-4. Puede buscarlo.
En 2015 dejé de poder pagar. No fue una mala decisión ni un mal año: fue cartera que no volvió. Nuestros clientes del sector petrolero dejaron de pagarnos cifras grandes cuando ese sector entró en crisis, y yo había financiado la operación con deuda bancaria.
El día que entendí que no podía atender ni la nómina, ni los impuestos, ni los bancos, supe que esto no era un bache.
Me acogí a la Ley 1116 ante la Superintendencia de Sociedades, en reorganización ordinaria. La empresa siguió operando durante todo el proceso. Eso quiero que lo lea dos veces, porque es lo primero que nadie cree: acogerse no es cerrar.
El proceso terminó en liquidación en 2021, en plena pandemia. No se lo cuento como una victoria, se lo cuento como lo que fue.
Qué haría distinto: no extendería tanto los plazos de venta al mercado, no concedería términos tan altos, y trabajaría sobre el flujo de caja en vez de endeudarme para sostener la operación.
Y lo que me habría gustado: no estar solo. Tener a alguien que se sentara conmigo a mirar dónde recortar para recuperar liquidez, antes de que la única salida fuera la legal. Eso es exactamente lo que hago hoy.
Lo que vino antes y lo que hago hoy
Empecé en Mobil Colombia en 1986, y en 1990 llegué a Disantafé como socio, representante legal y miembro de junta. Estudié Administración de Empresas y después una especialización en Marketing, las dos en la Universidad del Rosario.
Desde 2020 dirijo Assertivo Inversiones SAS, que opera franquicias de marcas importantes en Colombia, y constituí Evanti Inversiones SAS para la franquicia de otra marca. Sigo siendo empresario, no solo consultor.
No soy psicólogo. Pero sé lo que pesa cargar esto solo.
El problema financiero es solo una parte del desafío. La otra mitad es el impacto personal: despertarse a las cuatro de la mañana haciendo cuentas, sostener la cara frente al equipo durante el día, y decidir qué le cuenta a su familia y qué se guarda.
Yo pasé por eso en 2015, al frente de Disantafé. Me acogí a la Ley 1116 y la empresa siguió operando durante el proceso.
Si prefiere empezar leyendo en vez de escribirme, la ventana previa al proceso explica cuál de los tres caminos le corresponde y qué pasa con sus bienes personales si la empresa no alcanza a pagar. Y si prefiere que lo miremos juntos, así se agenda la primera charla.
Cómo trabajo, para que sepa a qué atenerse
Cuando una empresa entra en crisis, el lenguaje que la rodea es de final: quiebra, cierre, liquidación, fracaso. Es un vocabulario que empuja a esconderse, y esconderse es exactamente lo que agrava el problema.
Pero lo que yo viví no fue un final. Fue un desvío largo, incómodo y caro, del que se vuelve.
No al mismo punto de antes: eso no existe. Se vuelve a tener control de la agenda, a dormir de corrido, a decidir con la cabeza fría en vez de con el teléfono sonando.
Ese trayecto es el que le da nombre a esto. No prometo que su empresa quede como estaba, porque no sería cierto y usted lo notaría. Prometo acompañarlo mientras encuentra el camino de vuelta a un lugar donde las decisiones vuelvan a ser suyas.
La primera charla no le cuesta. Para que sirva, antes de vernos le digo qué información traer, empezando por los estados financieros de los últimos dos años. Ir sin números sería como ir al médico sin exámenes: se conversa, pero no se diagnostica.
De esos estados salen la relación de acreedores, los gastos mensuales de la operación y los gastos financieros.
Lo primero que miro son tres cosas: liquidez, prueba ácida y nivel de endeudamiento, el pasivo sobre el activo. Si la información es confiable, el diagnóstico sale en esa primera charla. Son señal temprana de la situación financiera, no la causal legal de admisión: esa la define el artículo 9 de la Ley 1116, con criterios distintos.
Si hay trabajo, qué incluye el acompañamiento
Tres sesiones al mes conmigo. Entre una y otra, seguimiento por teléfono, correo o WhatsApp según lo pida el caso, y control del estado de los documentos.
El acompañamiento tiene un valor mensual que le digo en la primera charla, antes de que usted decida nada. Evitar la Ley 1116 tiene un precio, y acogerse a ella también: el proceso trae sus propios honorarios y costos. Lo que vale la pena comparar es qué recibe a cambio en cada camino.
Cuándo le digo que no
Le digo que no cuando no hay un negocio debajo. Sin facturación sostenible, sin producto, sin mercado, sin marca, no hay reorganización que aguante: un proceso de insolvencia no inventa un negocio que no existe.
Y también le digo que no cuando no le hace falta. Si su empresa tiene oportunidad y con recortes en gastos administrativos, financieros y operacionales recupera liquidez, no necesita la Ley 1116.
Y hay un no que no se discute: cuando el origen del negocio es delictivo o prácticamente no existe un negocio lícito.
Un caso que puedo contar, sin nombre
Una empresa comercial llegó con pasivos cercanos a los diez mil millones de pesos. Se acogió a la Ley 1116 ante la Superintendencia de Sociedades, y yo la acompañé como asesor contratado por la empresa. El acuerdo quedó confirmado cerca de tres años después.
Lo que se hizo no tiene nada de secreto: conseguir proveedores nuevos, abrir mercados nuevos e inclinar la operación hacia las ventas de contado, que es dejar de fiar para cobrar en caja. Hoy sigue operando y recuperó el liderazgo en su mercado.
No lleva nombre por lo mismo que usted no querría ver el suyo aquí. Y no se lo cuento como promesa: cada empresa llega con su propia historia.
Por qué un consultor y no un abogado
Empecé por el lado equivocado del escritorio. En 2015 la empresa que dirigía entró en crisis, nos acogimos a la Ley 1116 y seguimos operando durante todo el proceso. Aprendí este proceso viviéndolo, no estudiándolo.
Eso define lo que hago y lo que no. Prefiero explicarle dónde termina mi función y dónde comienza la de un abogado, antes que hacerle creer que una sola persona puede resolver todas las partes de una insolvencia empresarial.
Si ya tiene abogado, mejor. La parte jurídica la lleva un abogado y esa parte no la hago yo.
Lo mío sigue igual: leer los números, ver dónde se recupera aire y acompañarlo mientras el proceso avanza. Si quiere que trabajemos así, hablemos en la primera charla.
Cerca de cada caso, no desde una carpeta
No pretendo parecer más grande de lo que soy. Trabajar cerca de cada situación es lo que permite conocerla por dentro en lugar de administrarla desde una carpeta.
Cada empresa que llega en crisis tiene una historia diferente: deudas con la DIAN, embargos bancarios, pagarés firmados con avales, cobros coactivos o iliquidez con proveedores. Por eso la ruta se diseña sobre lo suyo y no sobre un molde: cuál de las salidas le corresponde depende de qué es lo que lo tiene apretado.
Para mí, la mejor medida de si el acompañamiento sirvió es que la relación siga cuando la empresa ya no necesita ampararse en la ley para nada.
Lo que yo aporto es la lectura financiera, comercial y estratégica de su empresa, y un interlocutor que ya estuvo donde usted está hoy. La parte jurídica, cuando hace falta, la lleva un abogado.
Trabajo con dos públicos. Con empresas, cuando la caja ya no alcanza para lo que vence; y con personas: las que firmaron a título personal por la empresa, las que tienen el negocio a su nombre o aquellas a las que sus deudas personales dejaron de cuadrar con lo que entra.
Con los dos hago lo mismo: leo los números, le digo si veo un salvamento externo, busco con usted una forma de no llegar al proceso y le digo con franqueza cuándo ya no la hay. Cuando el caso necesita el trámite, la parte jurídica la lleva un abogado; esa parte no la hago yo.
Usted cuenta qué está pasando; yo ayudo a ordenar la situación empresarial; evaluamos juntos las alternativas; si se necesita un proceso formal, interviene un abogado; y yo sigo siendo su interlocutor.